jueves, 11 de junio de 2009

El arte y la autopercepción del hombre


No necesito recorrer el cielo y la tierra para descubrir un objeto maravilloso, lleno de contrastes, de infinitas grandezas y bajezas, de profundas oscuridades y de singulares claridades, capaz al mismo tiempo de inspirar la piedad, la admiración, el desprecio y el terror. Sólo tengo que considerarme a mi mismo: el hombre surge de la nada, atraviesa el tiempo y va a desaparecer para siempre en el seno de Dios. Sólo se lo ve errar por un momento en el límite de dos abismos donde se pierde.

Si el hombre se ignorara por completo, no resultaría en absoluto poético; por que no es posible pintar aquello de lo que no se tiene idea. Si se viera con claridad, su imaginación permanecería ociosa y nada tendría para agregar al cuadro. Pero si el hombre es lo suficientemente despierto como para percibir algo de sí mismo, y lo suficientemente limitado como para que el resto se hunda en impenetrables tinieblas, entre las que se sumerge incesantemente, siempre en vano, para acabar de captarse.

No es preciso, pues, esperar que, en los pueblos democráticos, la poesía viva de leyendas, que se alimente de tradiciones y de antiguos recuerdos, que trate de volver a poblar el universo con seres sobrenaturales en los cuales ni los lectores ni los propios poetas crean, ni que personifique fríamente virtudes y vicios que es posible ver bajo su propia forma. Todos esos recursos le faltan; pero el hombre permanece y eso le vasta a la poesía.

Alexis de Tocqueville
De la démocratie en Amérique