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viernes, 30 de octubre de 2009

Argán, C. - El impresionismo

Courbet había anunciado su programa en 1847: realismo integral, afrontamiento directo de la realidad independientemente de cualquier poética preestablecida. Era la superación simultánea de lo “clásico” y lo “romántico” en cuanto poéticas encaminadas d mediatizar, condicionar y orientar la relación del artista con la realidad. Con ello Courbet no niega la importancia de la historia ni de los grandes maestros del pasado, sino que afirma que de ellos no se hereda ni una concepción del mundo, ni un sistema de valores, ni una idea del arte, sino sólo la experiencia de afrontar la realidad y sus problemas con la pintura como único medio.

Más allá de la ruptura con las poéticas opuestas y complementarias de lo “clásico” y lo “romántico” el problema que se planteaba era el de afrontar la realidad visual de toda experiencia o noción adquirida y de inmediatez, y a la operación pictórica de toda regla o hábito técnico que pudiera comprometer su rendimiento mediante los colores.

El movimiento impresionista, que rompió con deci­sión sus relaciones con el pasado y abrió el camino a la investigación artística moderna, se formó en París entre 1860 y 1870, se dio a conocer por primera vez al público en 1874 con una exposición de artistas “independientes” en el estudio del fotógrafo Nadar. El origen de su denominación se atribuye a un comentario irónico de un crítico sobre un cuadro de Monet titulado “Impression soleil levant”, que sin embargo fue adoptada por los artistas, a modo de reto en las exposiciones sucesivas. Las figuras que sobresalen del gru­po son: MONET, RENOIR, DEGAS, CEZANNE, PISARRO y SISLEY. En los primeros momentos había participado también un amigo de Monet, J. F. BAZILLE (1841-1870), que cayó combatiendo en la guerra franco-prusiana. No formaba parte del grupo, si bien era considerado como su precursor, E. MANET; de hecho, este artista, más viejo y ya conocido, había desarrollado en sentido esencialmente visual la tendencia realista y después del 70, se había acercado cada vez más al impresio­nismo al eliminar el claroscuro y los tonos interme­dios, reduciendo las relaciones tonales a relaciones cromáticas. A la primera exposición le siguieron otras, en 1877, 1878, 1880, 1881, 1882 y 1886, suscitando siem­pre el escándalo entre crítica y público. Los únicos críticos que comprendieron la importancia del movimiento fueron Duret y Duranty además de, con cautas reservas, el escritor E. Zola, amigo de Cézanne. Ningún interés común de tipo ideológico o político unía a los jóvenes «revolucionarios» del arte; Pissarro era de izquierdas, Degas conservador y los demás, indiferentes.

No tenían un programa concreto. Sin embargo durante sus discusiones en el café Guerbois se habían puesto de acuerdo sobre algunos puntos: 1) la aversión hacia el arte académico de los Salons oficiales; 2) la orientación realista; 3) el desinterés total hacia el tema, la preferencia por el paisaje, el desprecio por la costumbre de atelier de disponer e iluminar los modelos y la de comenzar dibujando al trazo para pasar después al claroscuro y el color; 4) el trabajo en plein air, el estudio de las sombras de color y de las relaciones entre los colores complementarios. Sobre este último punto es cierta la referencia a la teoría óptica de Chevreul sobre los contrastes simultáneos; un intento deliberado de fundar la pintura sobre las leyes científicas de la visión sólo se obtendrá en 1886 con el Neoimpresionismo de SEURAT Y SIGNAC.

Incluso antes de la exposición del 74, los móviles y los intereses de los diversos componentes del grupo no son idénticos. Monet, Renoir, Sisley y Pissarro realizan un estudio directo y experimental sobre la realidad: trabajando preferentemente a las orillas del Sena, se proponen dar, de la forma más inmediata y con una técnica rápida y sin retoques, la impresión luminosa y la transparencia de la atmósfera y del agua con puras notas cromáticas, independientemente de toda gradación de claroscuro y evitando usar el negro para oscurecer los colores a la sombra. Al ocuparse exclusivamente de la sensación visual evitan la «poetización» del motivo y la emoción y conmoción románticas. Cézanne y Degas, en cambio, consideran el estudio histórico tan importante como el de la natu­raleza; Cézanne, especialmente, dedica mucho tiempo a estudiar en el Louvre las obras de los grandes maestros haciendo copias interpretativas de ellas. Está convencido de que para poner en claro el fundamento de la operación pictórica se tiene que reconsiderar su historia; pero, dado que Monet y los demás también persiguen esa finalidad a través de la verificación de las posibilidades técnicas actuales, los dos procesos convergen en un mismo fin: demostrar que la experiencia de la realidad que se lleva a cabo con la pintura es una experiencia plena y legítima, que no puede ser sustituida por experiencias realizadas de otra manera. La técnica pictórica es, pues, una técnica de conocimiento que no puede ser excluida del sistema cultural del mundo moderno, que es eminentemente científico. No afirman que en una época científica el arte tenga que fingir ser científico; se preguntan cuáles pueden ser el carácter y la función del arte en una época científica y cómo debe transformarse la técnica artística para ser tan rigurosa como la industrial, que depende de la ciencia. En este sentido se puede demostrar que la investigación impresionista es en pintura, paralela a la estructural realizada por los ingenieros en el campo de la construcción; y no sólo es que la polémica de los impresionistas contra los académicos se asemeja a la de los constructores contra los arquitectos-decoradores, sino que también hay claras analogías entre el espacio pictórico de los impresionistas y el espacio constructivo de la nueva arquitectura en hierro.

De hecho, tanto en uno como en otro caso, no se parte de una concepción preestablecida del espacio que queda determinado en la obra mediante la relación de sus elementos constitutivos.

Argán, G. C. (1977) El Arte moderno: 1770-1970. Tomo I. Valencia:Fernando Torres Editor. (pp. 87-89)

Disponible en:
Sánchez Alonso, Eduardo (2006) La obra de arte en la edad contemporánea

Argán, G - Neoclásico

EL NEOCLASICISMO: CONCEPTO

Una constante de todo el arte neoclásico es la crítica, que se convierte en condena, del arte inmediatamente precedente, el Barroco y el Rococó. Se condenan los «excesos» sin medida, el abandono del arte en manos de la imaginación, a la que corresponde el virtuosismo técnico que «realiza» todo lo imaginado. (...)

La cultura barroca es la última clásica; los críticos del Barroco quieren corregir la exageración y la deformación del clasicismo, separar el clasicismo-teoría del clasicismo-imaginación.
La cultura Iluminista del siglo XVIII orienta en sentido racionalista la oposición al arte imaginación: en Inglaterra se llega a afirmar que no se hace arte sin crítica. (...)

Si el arte tiene una propia ley racional, si es autónomo, no puede ser instrumentalizado por la autoridad política o la religiosa en beneficio del poder. (...) Incluso cuando representa temas religiosos o construye iglesias, el arte no es religioso, sino civil: representa temas sacros y construye iglesias porque tal es la demanda de la sociedad y el arte, en definitiva, es un servicio social. ... El objetivo del arte es lo bello. (...)

La elevación de lo clásico a la categoría de modelo no refuerza la continuidad histórica entre lo antiguo y lo moderno sino que la anula. El Barroco es todavía un desarrollo de la cultura clásica; la vuelta al clásico puro trunca este desarrollo. El arte neoclásico no es historicista: de hecho se producirá una reacción historicista contra el no-historicismo neoclásico. Se propone lo clásico a la admiración y a la imitación. (...)

El arte neoclásico quiere ser arte moderno, comprometido a fondo con la problemática de su tiempo. (...) Los arquitectos neoclásicos saben que un nuevo orden social exige un nuevo orden de la ciudad y todos sus proyectos se inscriben en un plano de reforma urbanística. La nueva ciudad deberá tener, como la antigua, sus monumentos; pero el arquitecto deberá preocuparse también del desarrollo social y funcional. Se construyen iglesias a modo de templos clásicos, pero también escuelas, hospitales mercados, aduanas, puertos, cuarteles, cárceles, almacenes, puentes, calles, plazas.

Los escultores y los pintores trabajan para la ciudad: estatuas, adornos, grandes representaciones históricas que sirvan de ejemplo a los ciudadanos. Y prefieren sobre todo el retrato, un modo de analizar y aclarar la relación entre la naturalidad (sentimiento) y la sociabilidad (deber) de la persona. ... El arte neoclásico acompaña la transformación de las estructuras sociales con la transformación de las costumbres. El Neoclasicismo no está rígidamente unido a la ideología revolucionaria, aunque se dé el caso de que el arte del tiempo de la revolución y del imperio neoclásico. (...) De hecho, el Neoclasicismo, como estilo, no tiene una propia caracterización ideológica, está disponible para cualquier demanda social.

Al ideal barroco de la técnica «virtuosa» le sucede el ideal neoclásico, de la técnica rigurosa; ... A la imaginación barroca le sucede la ideación neoclásica; que aún es una imaginación, si se quiere, pero que uniforma sus propios procedimientos con los de la razón. La verdadera técnica del artista es la de proyectar, todo el arte neoclásico está rigurosamente proyectado. La realización es la traducción del proyecto mediante instrumentos operativos que no son exclusivos del artista, sino que forman parte de la cultura y del modo de vivir de la sociedad.

En este proceso técnico-práctico de adaptación se elimina por fuerza el toque individual, la arbitrariedad genial del primer hallazgo, pero en compensación la obra adquiere un interés directo para la colectividad y cumple esa tarea de educación cívica que la estética iluminista le asigna al arte, en lugar de su antigua función religiosa y didascálica. Era un sacrificio que la ética de la época consideraba necesario; no se puede fundar una sociedad libre y ordenada sin limitar el arbitrio individual, aunque sea de un genio. El artista ya no aspira al privilegio del genio, sino al rigor del teórico; no da al mundo hallazgos admirables sino proyectos realizables. (...)
La reducción de la técnica propia del arte a técnica (o método) del proyecto, señala el momento en que el arte se separa definitivamente de la tecnología y de la producción artesanal, y la primera posibilidad de unión entre el trabajo ideador del artista y la naciente tecnología industrial. (...)

El arte neoclásico se sirve, sin ningún prejuicio, de toda disposición. En la arquitectura, el principio de la correspondencia de la forma con la función estática lleva al cálculo escrupuloso de los pesos y las tensiones, al estudio de la resistencia intrínseca de los materiales. Es precisamente la arquitectura neoclásica la que experimenta los nuevos materiales y revaloriza, en el plano estético, la investigación técnico-científica de los ingenieros. En las artes figurativas, la base de todo es el dibujo, el fino trazo lineal, que sin duda no existe en la naturaleza ni se da en la percepción de lo real, pero que traduce en cognición intelectual la noción sensorial del objeto. (...) Se quiere educar en la claridad absoluta de la línea, que reduce a lo esencial y no da lugar al probabilismo de las interpretaciones.

Aunque la transformación del arte realizada por la cultura iluminista se dé en un lapso de tiempo que cubre casi todo el siglo XVIII sólo se puede hablar de auténtico Neoclasicismo a partir de la mitad del siglo, tras la teorización de Winckelmann y de Mengs; su fase culminante, de expansión por toda Europa e incluso por los Estados Unidos de América, es la que va desde principios del siglo XIX hasta el final del Imperio, y toma el nombre, precisamente por ello, de «estilo imperio».

Argán, Giulio Carlo (1977) El arte Moderno, Valencia: Fernando Torres Editor. Págs. 14-22